CUARTO ACTO
ANTONIO- Buenas tardes, Rafael
RAFAEL- Buenas tardes, Antonio. ¿Está usted bien en la casa de los Corrales?
ANTONIO- Sí, solo el problema del baño.
RAFAEL- Eso ya lo sabía usted desde el principio. Es una casa buena, pero sin baño en condiciones...
ANTONIO- Pagando un poco me baño en la casa de la vecina.
RAFAEL- La gente de la ciudad se viene al campo...
ANTONIO- Es que es más barato y, de todas formas, a veces puedo ir a la ciudad en autobús
RAFAEL- ¿Usted no tiene familia?
ANTOIO- No, nadie a quien le importe...
RAFAEL- Algo malo habrá hecho usted...
ANTONIO- No crea. Solo que soy muy tonto y valgo poco.
RAFAEL- Si usted lo dice, así será.
ANTONIO- Hay que molestar lo menos posible.
RAFAEL- Eso es. Entonces ¿usted que hacía en la ciudad?
ANTONIO- Trabajé un tiempo, después viví con una pensión, pero se me metió el sobrino en la casa y al final me tuve que ir porque me hacía la vida imposible.
RAFAEL- Pero ¿cómo lo echó de su propia casa? ¿no fue usted a la policía?
ANTONIO- La casa era una herencia, Rafael. Él tenía tanto derecho como yo a vivir en ella.
RAFAEL- ¿Y entonces se vino aquí?
ANTONIO.- Estuve unos años viviendo en otra ciudad. Un hombre me ofreció una habitación por hacerle compañía.
RAFAEL- ¿Sí? ¿Estaba enfermo?
ANTONIO- Al principio no, pero luego enfermó y me echó porque quería personal sanitario especializado y yo no le servía.
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