SEGUNDO ACTO
SEÑOR- Antonio, ven...
ANTOIO- ¿Desea algo el señor?
SEÑOR- Tengo que interrogarte, Antonio. Siéntate.
SEÑOR- Me gustaría que a partir de ahora, en lugar de confesiones de veinte líneas, me escribas breves comentarios sobre los libros que te daré a leer.
ANTONIO- Como desee el señor.
SEÑOR- ¿Podrías leer cien páginas diarias? Te daré solo novelas, libros fáciles de leer. En la relación de tus lecturas vienen unos cuantos buenos libros. Yo te proporcionaré unos nuevos.
ANTONIO- Haré lo que pueda, señor.
SEÑOR- ¿Te aburrían las confesiones?
ANTONIO- Eran solo veinte líneas, señor. Era bastante fácil. Lo único difícil era cuidar mi caligrafía, porque la tengo bastante mala, como bien sabe el señor.
SEÑOR- Por mí como si escribes en letras mayúsculas para que se te entienda mejor. Tus confesiones creo que han dado resultado. Mi confianza en ti es bastante plena. Con eso y todo lo que antes me mandaste por Internet, y los demás interrogatorios.
ANTONIO- Ya sabía yo que el señor se convencería pronto de que soy inofensivo.
SEÑOR- No es tan fácil, no es tan fácil. Pero... Eso de las confesiones ¿sabes? lo leí en un libro. Lo hacían los comunistas chinos para lavar el cerebro de sus presos políticos.
ANTOIO- Lo ignoraba, señor.
SEÑOR- Les hacían escribir continuamente. Que confesaran sus pecados contra el comunismo, no les bastaba con que se declararan enemigos del pueblo, tenían que explicar por qué lo eran... y ellos exigir ellos mismos su propia corrección...
ANTONIO- Seguramente que es eficaz, señor. Aunque conmigo era una precaución innecesaria.
SEÑOR- ¿Y cómo iba a saberlo yo? ¡Todo el mundo miente!
ANTONIO- Yo no, señor. Soy tan torpe que ni siquiera sé mentir.
SEÑOR- Yo contigo tampoco miento. ¿Por qué le voy a mentir a mi perro? Pero en el trabajo, en mi vida, le he mentido a todo el mundo...
SEÑOR- ¿No me juzgas?
ANTONIO- No estoy en posición para juzgarle, señor. Conmigo es amable, cumple el trato.
SEÑOR- Ah, la lealtad... Que gran libertad para los dos...
SEÑOR- Te gustarán las novelas. Te harán tener compañía. Sin duda te sientes solo. Tú mismo has confesado que nunca has tenido amigos...
ANTONIO- Los personajes de las historias hacen mucha compañía, señor.
SEÑOR- Yo ahora me doy cuenta de que tampoco he tenido nunca amigos... Por mi trabajo, por dinero... He tratado a mucha gente. Ir a tomar copas y eso... No, auténticos amigos nunca he tenido. He hecho amigos en el trabajo y cuando he cambiado de trabajo he hecho amigos nuevos... Eso no son amigos...
ANTONIO- A lo mejor no hay tanta gente con auténticos amigos, señor...
SEÑOR- En las novelas aparecen los amigos... aunque a veces las relaciones son oscuras... La primera novela que te voy a hacer leer es una Dickens que no conoces... En tu lista no viene. Es un poco larga, pero no importa. ¿Pasas la mayor parte del tiempo viendo la tele?
ANTONIO- La tele, Internet, los libros... a veces paseo... ¿desea el señor que le haga una relación diaria de mis actividades?
SEÑOR- No es necesario. Te tengo confianza. Para eso estás aquí.
SEÑOR- Mi padre era un hombre pobre. Trabajaba para un hombre rico. Aquel hombre rico tenía la afición del buceo deportivo. Ya sabes, eso de meterse debajo del agua con una botella de aire y unas patas de rana... Como aquel hombre rico no siempre tenía a mano compañía para sus excursiones submarinas, animó a mi padre a acompañarle, le prestaba el equipo... Mi padre se aficionó a aquel hobby que en realidad es para gente con dinero... Más tarde cambió de ciudad, de trabajo, pero siguió aficionado al buceo deportivo... Ahora nadie le prestaba el equipo y gastaba gran cantidad de dinero en el equipo. Tenía esposa e hijos... y en casa apenas teníamos de nada para que mi padre tuviera sus botellas de aire, y hasta un bote de goma con un pequeño motor. En casa nunca tuvimos bicicleta... yo no me atrevía a invitar a ninguna chica porque no tenía ni para invitarla a un refresco... Mi padre tenía amigos, pero eran personas con más dinero, con más estatus, que creo que se burlaban de él.
SEÑOR- Pero yo estudié con becas y me hice rico. Yo lo hice. Pero nunca forzaría a un empleado mío a aficionarse a un hobby por encima de sus posibilidades.
SEÑOR- Tengo suficiente dinero para comprarme buenos coches, o montar a caballo, o comprarme un yate... Pero invierto lo que gano. Solo juego al golf, más que nada porque sirve para las relaciones de trabajo. También gasto en putas... Tú nunca has ido de putas...
ANTONIO- No señor. Nunca he estado con mujeres.
SEÑOR- No teniendo dinero, no vale la pena, Antonio. Las putas baratas son horribles. Y en cuanto a las mujeres que pueden ir con un pobre desgraciado como tú... Una mujer desgraciada no lo es solo por falta de talento o de dinero, sino también por falta de atractivo.
ANTONIO- Es una relación normal, de oferta y demanda, señor.
SEÑOR- Yo he tenido dos decepciones con las putas. Una vez estuve con una chica muy agradable. Un encanto. Pero los de la mafia se la llevaron a otra ciudad y nunca volví a verla. Otra vez encontré una mujer también agradable. Pero engordó y se hizo muy poco atractiva. Lo demás... En cuanto a las mujeres que se me han ofrecido "gratis"... valían menos que las putas.
ANTONIO- Parece todo eso muy complicado señor.
SEÑOR- Sí, me pregunto si hubiera podido conseguir mujeres como aquellas como concubinas... No tengo suficiente dinero. Tengo dinero, pero no tanto. Yo no entiendo esos millonarios que luego se divorcian y se pelean... Con una cantidad fuerte uno podría seleccionar una buena muchacha como concubina.
ANTONIO- ¿Lo ha intentado el señor por Internet?
SEÑOR- Sí, pero no hay manera... En cuanto les ofreces... Se ofenden. Tienen amor propio, dignidad... Con esto del feminismo ahora es todavía peor.
ANTONIO- A la gente le gusta la libertad, señor...
SEÑOR- Por eso se me ocurrió lo de probarlo con un hombre... Tus prestaciones parecen escasas. No eres más que un viejo inútil, pero haces compañía. Sí, la haces...
ANTONIO- Me alegro de no haber defraudado las expectativas del señor...
SEÑOR- No te hagas ilusiones sobre que te estés haciendo necesario para mí... En absoluto. En cuanto me falles, ya no me servirás y te echaré.
ANTONIO- No creo que vaya a fallarle nunca, señor. ¿A dónde voy a ir? No tengo nada, no soy nada.
SEÑOR- Sí, así es... Menos mal.
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